Había llovido un banda, salí a la calle y todavía quedaban pedazos de hielo tirados del granizo que habían caído en la madrugada. Las ramas dispersas por toda la vereda formaban una especie de alfombre verde y marrón. Era un barrio calmo de chalet's, veredas anchas y jardines como frentes de las casas. Todos los días era lo mismo, lo que no quiera decir que sea poco divertido o mucho menos, sin embargo esa tarde después de la tormenta, dios o vaya a saber quien, puso en nuestro camino nuevas herramientas para que pudieramos descubrir el encanto de otro día. Esperar que frenen los camiones en la loma de burro de la esquina y treparse en la parte trasera para tirarse dos cuadras después y hacerte pedazos contra el pavimento. Patear un rato, $ 2,5 para el fulbito 5 y que el sueño de jugar en primera este mas fundamentado con un césped mas verde y, aunque artificial, mas creíble que el asfalto que raspaba los codos y las rodillas. El 25 y el torneo interno, del cual el primer partido lo esperabas por meses, hacías el bolso, te preparabas las medias, los botines, la remera e insultabas con todas tus fuerzas a la nube que se metía delante del sol, por que no vaya a ser cosa que al tiempo se le de por hacer llover y se postergue el primer partido. Todo era en serio, un juego pero jugado con una seriedad implacable. Dicen que de Nietzsche podemos obtener cualquier cita que necesitemos, esta vez no será la excepción por que el ilustre filólogo alguna vez dijo que "lo que debemos recuperar es la seriedad con la que jugábamos cuando éramos niños".
Saben lo que pasa, que además de jugar estábamos construyendo otra cosa. Esa tarde después de la tormenta nos pusimos a hacer una choza en la vereda. Palo por palo, rama por rama, primero las mas grandes, después las mas pequeñas para concluir con las que aun tenían hojas y podían conformar una especie de techo. Luego vino el ritual, nadie nos dijo nada sobre que hacer o no, sobre los procedimientos o nos dio una meras indicaciones. Todo era genuino, salía por si solo sin necesidad de forzar nada, de hacer esfuerzo por que las cosas tengan sentido. No había que preguntarse por mañana o ayer, no privabas al momento de su encanto propinandole datos realistas o rebuscados. Todo era hoy, o mejor aun, todo era un segundo, un suspiro, un instante.
Por la noche prendimos el fuego al lado de la choza y cocinamos papas y cebollas asadas. Queríamos dormir ahí, adentro de la choza, prácticamente a la intemperie, pero no había demasiado inconvenientes era nuestro lugar, había un lazo y con solo mirarnos nos entendíamos. Con un gesto estallábamos en una carcajada, con una mueca trasladábamos la preocupación hasta que un nuevo gesto cómplice nos ponía a salvo de todo peligro de preocupación. Por que si hay algo que decir a esta altura que no hay peligro mas grande que el de la preocupación. Este es el riesgo mas grande, preocuparse es maldecir el momento, es dejar de vivir para someterse al mas impúdico suplicio que se puede imaginar. Preocuparse reduce a cenizas lo bueno de hoy y no resuelve nada del mañana.
A esta altura muchos se preguntaran por que tanta nostalgia, por que tanto despliegue verborragico de algo que no esta. Todo esto lo traigo a colación por que me comentaron de un termino arquitectónico utilizado para designar esos lugares en donde no hay identidad, ni vínculos directos entre el que lo ocupa y el lugar mismo. Un espacio donde eres anónimo, donde nada te afecta....Esos lugares denominados NO LUGAR. Marc Auge dice lo siguiente: "Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un [no lugar]."
Según estas teoría los principales no lugares son los centros comerciales. Luego de pasar la mayor parte del tiempo de mis últimos dos años dentro de uno de ellos puedo afirmar que el nivel de despersonalizacion a la cual se somete el individuo es aberrante. Uno dentro de un no-lugar, poco a poco, va dejando de ser, va perdiendo identidad, se va maquinizando y solo responde a estímulos limitados y recurrentes. En ese mundo con cristales y fetiches uno acaba enloqueciendo. Todo es ficción, irreal, poco barro mucho gestos adustos y sonrisas abarrotadas, gente como ganado detrás de alguna esperanza, esperanza que no existe, esperanza mal buscada, en el lugar incorrecto, a la hora incorrecta. Cada vez mas moles de cementos, mucho hormigón, mucho diseño, poca identidad, pocos lazos. Ojalá cada vez existan mas chozas, mas papas asadas, mas tormentas, ramas, verdes, asfaltos con forma de canchas de fútbol donde rasparse los codos y cada vez menos montañas de cementos que a nadie pertenecen.
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